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La presente publicación ha sido elaborada con la asistencia de la Unión Europea. El contenido de la misma es responsabilidad exclusiva del E.A.T.I.P. y en ningún caso debe considerarse que refleja los puntos de vista de la Unión Europea

Memoria y porvenir. Breve historia del E.A.T.I.P.

Hace casi dos años, los días 19 y 20 de diciembre de 2001, el entonces presidente De La Rúa anunció la implantación del estado de sitio ante los reclamos populares de cambio de política económica: en ese momento  el pueblo argentino irrumpió espontánea y masivamente en las calles en dos jornadas que constituyeron un salto cualitativo en la elaboración social de los efectos traumáticos de la dictadura militar. Ya en la década del 90 hubo numerosas rebeliones populares de carácter local –las llamadas puebladas, como la de Tartagal-, así como protestas por despidos, cierres de fábricas o reducciones salariales, con sus trágicas secuelas de represión con muertos y detenidos, crímenes impunes hasta el día de hoy. Desde mediados de los 90, con un cuarto de la población activa sin trabajo, los trabajadores desocupados han hecho de las calles el escenario de la protesta social, a través de una nueva modalidad: los cortes de rutas, calles, puentes, etc. Otra vez la represión violenta cobró varios muertos, sumándose también intimidaciones, persecuciones, encarcelamiento, tortura y procesos judiciales a los luchadores sociales. De modo que, los sucesos del 19 y 20 de diciembre encontraron un pueblo con cada vez mayor participación y organización en cuanto a la protesta social y a la solidaridad, cuya convergencia en ese momento significó un punto de inflexión que encuentra un tejido social que, luego de varias décadas, puede con más fuerza romper el silenciamiento social y manifestar colectivamente su oposición desafiando al poder.

También se fueron gestando movimientos de protesta ante los crímenes en los que están involucrados sicarios del poder político y de las fuerzas de seguridad: desde el asesinato de Maria Soledad Morales hasta los actuales asesinatos en Santiago del Estero relacionados con figuras del poder político, mostrando que el aparato represivo sigue intacto. En este sentido las actuales muestras de corrupción estructural en el seno de la policía bonaerense, por ejemplo, son más que elocuentes.

Asimismo, es de destacar que el pueblo ha tomado el modelo de respuesta social de las Madres en su reclamo de justicia. Las calles y las plazas se tornaron lugares de encuentro y de expresión popular.

Nuestro país está atravesando probablemente la peor crisis económica, social y política de su historia. La desocupación, el deterioro de las condiciones materiales de vida, la pérdida de las conquistas sociales, la inseguridad, la dificultad para proyectar un futuro inciden fuertemente en cada uno de nosotros y en la sociedad en su conjunto.

Frente a tan catastrófica situación, una característica del período actual es la masividad de la participación social en forma de agrupamientos para resolver problemas comunes y para enfrentar la represión y la pérdida de libertades y derechos básicos. Dichos agrupamientos van generando cambios en los modelos conocidos de participación: resurge así la práctica de la democracia directa, asamblearia y participativa del movimiento de desocupados; la toma de fábricas inactivas y su puesta en marcha por sus trabajadores; la participación de sectores de las capas medias en las asambleas barriales.

Pensamos que estos movimientos contestatarios ejercen un rol instituyente en el cuerpo social, aportando a la construcción de un consenso social contrahegemónico y ofrecen simultáneamente al psiquismo la posibilidad de construir otros sentidos, dado el papel de la práctica social como transformador de la subjetividad.

Es por esto que hoy estamos llamados a lograr instrumentos que permitan el automático desprocesamiento de luchadores sociales. Pues la judicialización de la protesta social se ha vuelto un recurso generalizado para desalentar los cambios y reprimir al pueblo cuando se organiza.

Desde este presente, y acompañando estos procesos sociales, rescatamos la historia de nuestro equipo, E.A.T.I.P. (Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial), conformado en 1990 como continuación de lo que hasta ese momento era el Equipo de Asistencia Psicológica de las Madres, surgido en tiempos de la dictadura militar y en el ámbito de la solidaridad en la lucha. Es a posteriori que surge la posibilidad de ofrecer nuestra especificidad profesional al servicio de las mismas Madres, como grupo y como personas individuales afectadas. Esto implicó un posicionamiento muy claro en relación al ejercicio del rol profesional, siendo esta conjunción entre lo político y lo profesional aquello que nos define. Pues nuestro trabajo sigue comenzando fundamentalmente en contextos variados en los que nos encontramos con los afectados directos: plazas, marchas, comisarías, juzgados, instituciones de pertenencia, lugares de reunión, etc.

El trabajo clínico (en sentido muy amplio) realizado durante la dictadura fue base y modelo de nuestra tarea, ya que de las características específicas de dicha práctica fue deviniendo la teorización y la conceptualización, así como la necesidad de la búsqueda de conceptos de otros autores que nos sirvieran de apoyatura y articulación para nuestras experiencias e ideas.

De modo que, moviéndonos permanentemente entre lo individual, íntimo y privado, y lo social, fuimos percibiendo la necesidad de diversos modos de aproximación según el momento y los requerimientos: tratamientos o entrevistas individuales, familiares, grupales y comunitarios. Así, en un primer momento, el acercamiento solidario fue permitiendo la intervención en las espontáneas instancias de grupalidad que se conformaban, donde se producía una intensa circulación y elaboración del sufrimiento. En el trabajo con estos grupos, llamados de reflexión, se pudo evidenciar que, si bien no tenían un específico objetivo terapéutico, su función apuntaladora tenía indudables efectos terapéuticos: disminución del sentimiento inducido de culpa, aumento de tolerancia frente al dolor, ruptura del mandato de silencio impuesto por la dictadura, mantenimiento y refuerzo de la autoestima, entre otros.

A partir de esta práctica clínica aprendimos a pensar a los protagonistas de situaciones sociales altamente traumáticas como a personas afectadas, modificando así la idea más general de pacientes o víctimas. Esto implicó, desde nuestra concepción, un fuerte corrimiento del lugar pasivo de “víctima”, al mismo tiempo que un reconocimiento del penoso pero activo lugar de lucha que estas personas decidieron ocupar.

Teniendo estas experiencias en cuenta es que consideramos que, en muchas de las actuales situaciones traumáticas de origen social, el abordaje grupal es especialmente apropiado, máxime en lo que hace a la afectación más inmediata en las situaciones de crisis o emergencia social. En cambio, en los tratamientos de los efectos a mediano y largo plazo obtuvimos hasta ahora mejores frutos a través de los tratamientos individuales, familiares y de pareja.

Con el paso del tiempo nuestra población de asistidos se fue ampliando a otras personas afectadas directamente por la dictadura: familiares de desaparecidos, ex-detenidos, presos políticos, exiliados, insiliados, y ya en la actualidad, a afectados por las nuevas formas de represión política: gatillo fácil, represión a luchadores del campo popular.

Desde los primeros pasos, se hizo evidente la necesidad de establecer un vínculo de total confianza en la relación con nuestros asistidos en cuanto al posicionamiento ideológico de los profesionales, requisito que ha llevado al cuestionamiento del concepto psicoanalítico de neutralidad, que consideramos imposible en cualquier relación terapéutica. Sí sostenemos el principio de abstinencia como necesario para nuestra tarea.

En el transcurso de nuestra experiencia y acompañando los distintos momentos histórico-sociales que ha atravesado nuestro país, ciertas temáticas fueron surgiendo como necesarias de pensar y elaborar en cuanto a su incidencia en el psiquismo. En tiempos de la dictadura se trabajó mucho alrededor del tema de las campañas de inducción por parte del Estado, sostenidas por los medios masivos de comunicación, que buscaban instalar en el campo social el discurso hegemónico, promoviendo procesos de alienación, silenciamiento y renegación social. Apuntando a contrarrestar estos procesos es que impulsamos la elaboración grupal de las situaciones traumáticas,para favorecer el desarrollo de fenómenos de discriminación y desalienación social.

Fue necesario profundizar también en los conceptos de trauma y duelo, teniendo en cuenta las características particulares del tipo de situación traumática devenida del terrorismo de Estado, así como de la específica dificultad en la elaboración del duelo por los familiares desaparecidos.

Con la recuperación de los gobiernos constitucionales y la sanción de las leyes de obediencia debida y punto final e indultos a los genocidas, se reactualizaron los efectos traumáticos de la dictadura. La consagración de la impunidad actuó en un doble sentido: con un efecto de retraumatización al incidir en las heridas abiertas de la dictadura, y como efecto generalizado de consecuencias variadas sobre el conjunto de la sociedad.

El vigésimo aniversario del golpe de estado mostró los efectos mencionados, pero simultáneamente fue en aumento el nivel de participación social en las protestas colectivas por distintas demandas sociales y en reclamo de justicia. En este marco surgieron las organizaciones que reúnen a los HIJOS en todo el país, dando cuenta de la afectación multigeneracional de lo traumático de origen social, así como de la transmisión transgeneracional. Por otra parte estas agrupaciones, así como las distintas organizaciones defensoras de los derechos humanos, muestran la permanente y fundamental articulación entre la memoria individual y la memoria colectiva, evidenciando el hecho de que, en un contexto de impunidad, ser portavoz de la memoria acompaña la exigencia de justicia. Este aumento de participación social en forma de respuestas cada vez más organizadas da cuenta de que este tipo de situaciones traumáticas requieren una simultánea tramitación en lo individual y en lo colectivo.

Así es como nuestra práctica se fue desarrollando al compás de la lucha de nuestro pueblo, algunos momentos más tristes y dolorosos, como la sanción de las leyes de la impunidad; indultos y situaciones represivas diversas; otros de triunfo de la lucha popular y esperanza, como la anulación de las mismas leyes en agosto de este año, justicia en el caso de la masacre de Floresta, etc. Así como la lucha se sostuvo incansablemente aún en las etapas de mayor desaliento, también hemos sostenido nuestra labor acompañando a nuestros asistidos desde nuestro rol.

Resulta por tanto evidente la importancia del trabajo dentro de un equipo asistencial que cumpla funciones de contención y posibilite la constitución de la disociación instrumental necesaria para nuestra tarea, muchas veces difícil de sostener al trabajar con personas que sufren y conocen raras veces la justicia. Por otro lado, tanto antes como ahora nuestras condiciones de trabajo muchas veces se apartan de lo tradicionalmente conocido, ya que frecuentemente compartimos con nuestros asistidos actividades extra-asistenciales, o lo que llamamos intervenciones no sistematizadas. Y un tercer punto referente a nuestro rol profesional se relaciona con el hecho de que nuestra práctica está atravesada por las mismas situaciones que afectan a nuestros asistidos, lo cual nos convoca a revisar permanentemente las estrategias de abordaje clínico, así como a valorar y elaborar el impacto que dichas situaciones provocan en nosotros mismos.

Sin duda, toda nuestra labor está condicionada por otros niveles de resolución política, pues sin desmerecer la importancia de nuestras intervenciones y tratamientos, somos concientes que en la medida que no haya justicia, muchos progresos sociales y personales se verán comprometidos. La respuesta social organizada, que acompañamos en piqueteros, movimientos de trabajadores desocupados, de las fábricas recuperadas, etc. se inserta cotidianamente en nuestra tarea, pues resultará una palanca fundamental para la liberación de nuestro pueblo, llenando de sentido nuestras vidas.

 

Silvana Bekerman y Nicolás Pedregal para el II Congreso de Salud mental y derechos humanos de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo. Noviembre de 2003.


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