OBSERVACIONES SOBRE LOS EFECTOS PSICOPATOLOGICOS DEL SILENCIAMIENTO SOCIAL RESPECTO DE LA EXISTENCIA DE DESAPARECIDOS.
Doctora Diana R. Kordon
Doctora Lucila I. Edelman
En el presente trabajo intentamos plantear algunos problemas sobre los que hemos reflexionado en los últimos años, a partir de la observación de diversas patologías cuyo desencadenamiento estuvo vinculado a la desaparición de personas y las condiciones en que éstas se producían.
En particular nos referimos en este caso a las derivaciones del fenómeno del silenciamiento social respecto de la existencia de los desaparecidos, fenómeno cuya intensidad máxima se produce en los años 1976, 1977 y 1978.
Por los efectos sociales y psicológicos de la represión política en nuestro mismo campo, ha sido difícil el intercambio de ideas con otros profesionales, en articular en lo referido a esta temática.
Nuestro interés en este caso es proporcionar un aporte que motive la apertura de un campo de discusión. Se trata de abordar el debate de innumerables problemas que surgen de la investigación psicológica a partir de estímulos sociales de características traumáticas. Este interés hace que nos expongamos a la discusión, siendo conscientes de nuestras limitaciones y de la posibilidad de que hayamos incurrido, en algunos casos, en extrapolaciones inadecuadas.
En los años 1976, 1977 y 1978, principalmente, son secuestradas miles de personas. Sin embargo los medios de comunicación social no dan ninguna información sobre ello. El silencio es total; se impone como norma represiva oficial, constituyendo un fenómeno que caracterizamos como de auténtica renegación social.
Sin embargo, circula la información subterráneamente, de boca en boca, entre aquello a los que se otorga confianza. ¿fantasía, verdad, exageración? Se preguntan quienes reciben la información. El denominador común es el pánico, y el silencio refuerza el pánico. Pasan cosas terroríficas mientras todo aparentemente sigue igual. Al recordar hoy esos hechos se hacen patentes las vivencias casi alucinatorias y la atmósfera cargada de peligro de esos días. En algunos casos se supone que el silencio es una de las condiciones de supervivencia personal. En otros casos se supone que es la condición para la supervivencia del desaparecido. Esta última idea es estimulada permanentemente en los despachos oficiales y paraoficiales.
La existencia de indicios, informaciones tangenciales, llamadas telefónicas y hasta comunicaciones oficiales sobre la supervivencia del desaparecido, evidenciaban la presencia de aquello que había sido renegado. Esta presencia-ausencia o existencia- no existencia simultánea operaba como una zona de ambigüedad psicotizante.
La potencia del mandato de silencio se evidenciaba también en situaciones grupales, particularmente en grupos cuyos miembros hasta esa época habían tenido inquietudes de tipo social. Cualquier mención de alguna problemática que directa o indirectamente aludiera al tema de las desapariciones estaba implícita o explícitamente prohibida, y el que rompía la prohibición quedaba ubicado en un rol perturbador y atrapado por sentimientos de extranjería y exclusión.
El clima maníaco triunfalista de los tiempos del Mundial de Fútbol de 1978 profundizó la disociación y agudizó estos sentimientos de extranjería y exclusión.
Ante un pérdida cuyo carácter no está dado solamente por el hecho de tratarse de un ser querido muy próximo, sino y sobre todo por la forma en que se producía: secuestro violento en condiciones de inermidad, por lo general en su hogar – el que era además literalmente desvalijado-, desconocimiento del paradero de la víctima, absoluta falta de información a partir de ese momento, casi certeza de un prolongado período de torturas, incertidumbre acerca de si vivía o había sido muerto, impunidad y “anonimato” de quienes ordenaban y ejecutaban el procedimiento; hemos observado que del acatamiento o del rechazo de la exigencia de silencio dependió en gran medida la posibilidad de elaborar más o meno normalmente el duelo.
Desde ya en estos años a los profesionales de salud mental se nos planteaban seriamente problemas tales como definir cuáles eran los términos de un duelo en esas condiciones.
No coincidimos con muchos terapeutas que, frente a esta situación de ambigüedad, afirmaban la necesidad de dar por muerto al desaparecido, como condición para elaborar su pérdida. Sosteníamos que la elaboración del duelo –desde el punto de vista de nuestros pacientes y de nosotros mismos como terapeutas- no podía hacerse sobre la base de la complicidad con el genocidio. Como terapeutas entendíamos que era una forma de favorecer, so pretexto de la cura, la identificación con el agresor y el predominio de los aspectos más hostiles del sujeto, que inevitablemente lo conducirán a sentimientos de culpa irreductibles.
En aquellos afectados en los que predominaba el rechazo de la renegación hemos podido verificar una mejor preservación yoica y una ampliación de los niveles de inserción activa en la realidad, a pesar de la magnitud del duelo a elaborar. En este sentido, hemos observado:
1. Posición activa frente al trauma, buscando en general relacionarse con otros que atravesaran la misma situación y desarrollando diferentes grados de participación social. La situación de compartir posibilitó el desarrollo de mecanismos de identificación y empatía recíproca, que contribuyeron a evitar el encierro narcisista y a establecer vínculos de tipo fraternal. Hemos escuchado muchas veces a madres de desaparecidos que describían esta situación como el equivalente de un “psicoterapia grupal”
2. Posibilidad de mantener una conexión interna positiva con el desaparecido, en la medida en que no necesitaron hacerse cargo de los mandatos de silencio y ocultamiento.
3. Ampliación de las capacidades yoicas al desarrollarse mecanismos sublimatorios y reparatorios. Mujeres que hasta ese momento cumplían el rol de amas de casa, pasan a ocupar un rol activo en los planos jurídicos, social, político, y esta modificación determina la realización de procesos de aprendizaje que refuerzan las capacidades vinculadas a la simbolización.
4. Inclusión del interés por los objetos más inmediatos en una perspectiva de preocupación por objetos mediatos. Es común escuchar de muchas de estas mujeres afirmaciones tales como “Pasé de preocuparme solamente por mi hijo a preocuparme por los hijos de todas” o “Quiero que lo que hago sirva también para que esto nunca más vuelva a ocurrir”.
Por el contrario, a partir de la identificación, permanente o transitoria, con la norma de silencio, observamos en todos los casos algún tipo de efecto patológico.
La diversidad de respuestas patológicas es muy grande, desde fenómenos de disociación extrema, ruptura con la realidad, hasta trastornos del aprendizaje en niños, crisis familiares severas, etc.
Dejando de lado expresamente otros procesos vinculados a esta situación traumática, en este trabajo nos interesa señalar algunas modalidades patológicas relacionadas con la identificación con la norma de silencio.
En las identificaciones más masivas el familiar se hacía cargo absolutamente del pacto de silencio. Evitaba dar a conocer su situación temiendo ser alcanzado él mismo por la represión. La vuelta sobre sí de estos mecanismos de censura patológica provocaba inevitablemente sentimientos de hostilidad y de culpa, con múltiples producciones sintomáticas.
Un número importante de personas que estaban al corriente de la existencia de desaparecidos aunque no eran familiares de ninguno, se identificaban con la norma de silencio escotomizando zonas de realidad, muchas veces voluntaria y activamente: “No quiero que me cuenten”, buscando evitar, a veces, el dolor psíquico de ponerse en contacto con el campo de las fantasías terroríficas, otras veces, una ruptura de su equilibrio, al constituirse aquellos que no acataban el silencio en evidencia de su sometimiento. En otros casos se ha conservado una buena relación interna con el desaparecido. Sin embargo, en el campo de las relaciones interpersonales existe sometimiento a la norma de silencio. Esto lleva a un progresivo aislamiento, porque sólo mantienen aquellas relaciones que estaban consolidadas hasta el momento de la desaparición, sin que se puedan establecer nuevos vínculos. Esta situación suele crear dificultades en los ámbitos dé estudio y de trabajo. Por ejemplo abandono del trabajo por el conflicto dilemático de no poder hablar y no poder ocultar.
En los adolescentes, por lo general hermanos menores de algún desaparecido, esta situación refuerza mecanismos de, aislamiento y dificultades para armar grupos de pertenencia. En la mayoría de los casos, los padres depositan todas sus expectativas y temores en ese hijo que les queda. Así, en un período de su vida en que la comunicación con sus pares es una de las necesidades evolutivas normales, los jóvenes reciben la orden de no hablar del desaparecido y de ningún tema que tenga relación con él. Se induce así una combinatoria de ansiedades paranoides con fobias de contacto. Muchos adolescentes explicaban que para poder tener amigos, necesitaban (de acuerdo con los requisitos de ese período evolutivo) compartir todas sus aflicciones, pero hemos visto que utilizaban mecanismos de aislamiento esquizoide en relación con sus compañeros de colegio como una modalidad de defensa que les permitía cumplimentar la exigencia familiar de silencio.
Aunque escapa a los fines de esta presentación, nos interesa señalar que los procesos de adquisición de identidad de estos adolescentes estaban dificultados por la depresión y la situación de ambigüedad, que creaba la presencia de un desaparecido en la estructura familiar.
En los dos últimos años, en especial, comenzaron a consultar hijos de desaparecidos, que presentaban trastornos de aprendizaje en la escuela primaria. Algunos de estos problemas de aprendizaje remiten a la psicopatología del secreto, secreto que en realidad, nunca es tal, ya que siempre hay múltiples indicios de aquello que es ocultado. En consecuencia se produce una exclusión activa de un contenido que se muestra pero no se puede nombrar.
Se producen así fenómenos de inhibición del proceso del pensamiento al no poder poner en palabras aquello que se percibe, y desplazamiento al área del aprendizaje de las consignas de no conocer.
A veces el silencio se mantiene en ciertos ámbitos y no en otros, instalándose una situación de disociación que refuerza la patología preexistente. Daremos un ejemplo de esta situación:
Se trata de la madre de un desaparecido, señora de T. Es viuda, tiene 60 años, un hijo y, una nuera desaparecidos, una hija soltera que vive en el exterior, una hija casada, profesional, y dos nietos nacidos posteriormente a la desaparición de su hijo. La hija ocupa un cargo importante en una empresa del Estado. En la familia hay varios miembros que han ocupado u ocupan cargos en la administración pública y en las Fuerzas Armadas. Al producirse la desaparición de su hijo, la señora de T. intenta realizar gestiones a través de algunos de estos familiares, que se niegan, fundamentando su rechazo en que temen represalias. A partir de la desaparición de su hijo la señora de T. padece un cuadro depresivo muy grave. Es particularmente notable la intensidad de los sentimientos hostiles hacia todos, incluidos su hija y su yerno al comparar la realidad familiar de éstos con la suerte corrida por su hijo. La señora de T. realiza una primera consulta psicoterapéutica en la cual le aconsejan dar por muerto a su hijo. Inmediatamente abandona este tratamiento y manifiesta una intensa hostilidad hacia el terapeuta. En un segundo tratamiento, se hace evidente que aceptar esta indicación equivale a la fantasía de ser ella misma la que mata a su hijo. En el proceso terapéutico aparecen dificultades importantes vinculadas al acatamiento de la norma de silencio por parte del grupo familiar. Efectivamente, en la familia no se puede hablar de su hijo desaparecido; los nietos ni siquiera conocen su existencia. La señora de T. se somete a esta situación mientras busca otro ámbito en el cual poder hablar, manteniéndose así una situación de disociación que le va creando progresivas sensaciones de incomodidad, exclusión o no pertenencia en el ámbito dé la familia y que agravan su depresión. Tiene la sensación de que en el único lugar en que se encuentra bien es en la Casa de las Madres. Se niega a visitar la casa de su hijas esconde los retratos de su hijo cada vez que recibe las visitas de sus familiares. La racionalización familiar que justifica la desinformación a los niños es la de evitar su sufrimiento. En este ejemplo, en el que se profundiza la disociación, se expresan tanto la potencia de la norma de renegatoria como el retorno de la realidad en otro plano.
Omitimos toda mención a aspectos fundamentales de la estructura de personalidad de esta paciente por no corresponder a la finalidad de este trabajo.
Quisimos traer éste ejemplo por la frecuencia con la cual hemos encontrado situaciones semejantes.
El dilema de ocultar o exhibir las fotos, que resulta llamativamente habitual, se nos presenta como un símbolo de la conflictiva del silencio.
Resumen
Hemos intentado analizar un fenómeno social: el del silencio o renegación social, y sus incidencias psicopatológicas específicas. Intentamos así introducir en el campo de los trabajadores de la salud mental el debate sobre los efectos psicológicos de estímulos sociales de características traumáticas que han conmovido en los últimos años a la sociedad argentina.
Agosto de 1982