INFANCIA Y REPRESION POLITICA

 

Licenciada Elena Nicoletti

Licenciada Raquel C. Bozzolo

Licenciada Daniela Siaky

 

En este trabajo nos referiremos a los niños afectados directamente por la represión política que ejerció la dictadura militar en nuestro país a partir de 1976 y cuyos efectos perduran hasta el presente.

Podemos delimitar dos grupos:

En el primero están los niños secuestrados con sus padres o nacidos durante el cautiverio de sus madres en cárceles clandestinas.  Dentro de este grupo es necesario diferenciar a los niños ubicados por sus familiares y a los que ya han sido restituidos a sus verdaderas familias.

Un segundo grupo está formado por miles de niños y adolescentes, hijos de personas desaparecidas durante el período dictatorial que han quedado al cuidado de sus familiares, principalmente abuelos.  Los niños que hemos asistido en nuestro equipo pertenecen a este último grupo; sin embargo nos referiremos brevemente al primero.

Ciento ochenta y cuatro niños fueron secuestrados junto con sus padres o se puede inferir que han nacido en' cautiverio; aproximadamente un treinta por ciento de ellos han sido ubicados por sus familiares y un porcentaje mínimo ha sido restituido a sus verdaderas familias.  La gran mayoría de estos niños han sido secuestrados teniendo muy corta edad; muchos de ellos, siendo bebés.  Han pasado a vivir como hijos de los miembros de las fuerzas represivas que causaron la desaparición de sus padres o con personas allegadas a éstos que no podían tener descendencia; ha sido alterado su nombre y en algunos casos su edad; se ha producido una perversión de la identidad de estos niños.  Sin querer polemizar sobre el momento en que se producen las primeras inscripciones en el psiquismo, nos interesa destacar lo que a nuestro juicio engloba la situación de estos niños: más allá de las diferencias de edad y de la percepción del hecho traumático, lo relevante es el conocimiento que de estos hechos tienen las personas que los tomaron a cargo.  Tanto si el niño sabe que está siendo buscado por su verdadera familia como si lo desconoce, hay alguien, el que ocupa el lugar paterno, que lo sabe, y esto tiene consecuencias.

En cuanto al segundo grupo, los hijos de desaparecidos, se vieron expuestos súbitamente a una situación aterrorizante: por la pérdida de sus padres, dotada de una particular ambigüedad, y por la situación de desprotección en que quedaban sus familias.  Nadie parecía saber dónde estaban sus padres.  Adquirió fundamental importancia la información que se les suministró y la forma en que su familia se reestructuró luego del impacto traumático inicial.

En 1984 una abuela solicitó orientación psicológica para abordar una situación conflictiva que tenía con sus nietos de 8 y 10 años de edad con los que convivía.  El padre de estos niños había sido asesinado y la madre estaba desaparecida hacía siete años.  La abuela les había dicho que la madre estaba ausente por problemas de trabajo ("Estaba en la India haciendo una investigación").  En reuniones con otras abuelas en su misma situación se enteró de que otras abuelas informaban a sus nietos sobre lo ocurrido con los padres, y se mostró muy angustiada.  Solicitó ayuda para poder decirles la verdad a los niños, ya que ella, quería hacerlo pero sentía que no podía.  En la primera entrevista con la psicóloga la abuela informó a los niños sobre lo ocurrido con su madre; el mayor dijo entonces “¡Qué, alivio! 'Yo ya lo sabía”.

 

Este relato pone en evidencia una de las cuestiones esenciales, en relación con los hijos de desaparecidos: la información sobre el hecho, que los sitúa como tales, el destino de sus. padres. La clínica nos ha mostrado las diversas actitudes asumidas por los familiares a cargo en relación con este hecho.

En el período dictatorial había un "mandato de silencio" no se podía hablar, no se hablaba de los desaparecidos.

Los familiares se planteaban el riesgo que implicaba que los niños tuvieran información sobre el secuestro de sus padres; tanto por su seguridad personal como por el posible rechazo del medio. En el caso de los niños que, preguntaban, el silenciamiento social se expresaba con frecuencia en otro sector de la familia donde por ejemplo no había rastros del desaparecido, se quitaban las fotos, etcétera.

A aquellas familias que lograban eludir el mandato de silencio, que querían informar a los niños, se les presentaba otra dificultad:¿qué decir?

Esta pregunta los confrontaba con su propia incertidumbre sobre el destino del desaparecido. ¿Está vivo?, ¿está muerto? ¿Cómó transmitir esto a un niño cuya lógica es: "Busquémoslo, en algún lugar tiene que estar"?  Entonces se debatían entre la angustia de tener que testimoniar una muerte no cierta y el dolor de sostener una espera quizá sin futuro.

Pensamos que la explicación "se fue de viaje", que hemos encontrado con frecuencia, liberaba de alguna, manera de esta disyuntiva, posponía, permitía situar al desaparecido en algún lado, inaccesible, pero real existente.

Sin embargo, la verdad insistía, aparecía en los lugares más recónditos. El desaparecido  aparecía en las pancartas de las Madres, en las siluetas de las marchas, en los dibujos de los chicos, en las inconsistencias del discurso del ocultamiento en los síntomas que demandaban la asistencia de nuestro equipo.  El compromiso con la verdad es parte de nuestro quehacer terapéutico, lo sustentamos en el plano ideológico pero también nos lo era demandado.  Muchos de los primeros pedidos de asistencia, que recibimos de abuelas de hijos de desaparecidos, eran para poder informar con la verdad a sus nietos.  Trabajando alrededor de los efectos que la verdad o su ausencia provocaban en los niños, nos remitimos vanas veces a la problemática de los niños adoptados, aun, antes de saber que éste era el destino de muchos niños desaparecidos.  Hemos constatado los efectos tranquilizadores de la verdad.

Creemos que el secreto, -en tanto es sabido por alguien pero no-, es hablado, tiene consecuencias en los niños.  Observamos que la solución de compromiso "se fue de viaje" connota la ausencia forzosa como abandono voluntario, falta de amor, de cuidado, etcétera, con el consiguiente peso para el niño que podía llegar a sentirse omnipotentemente responsable de esta ausencia o preso de la pregunta angustiosa "¿Por qué me dejó?"

Expondremos a continuación dos relatos de consultas y tratamiento efectuados en la Casa de las Madres.

Luis de 9 años vive con sus abuelos desde que cumplió un mes de vida.  Tiene sus padres desaparecidos desde entonces.

Hace un año, Ema, la abuela paterna, consultó porque "Luis no prestaba atención a sus deseos de orinar durante el día".  "Me olvido de ir al baño" decía él.  Pero Luis no sólo se olvidaba de ir al baño, se olvidaba también de hacer la tarea, su atención en la escuela era siempre dispersa.  Esto provocó serios atrasos escolares.

Durante las entrevistas iniciales, la abuela dijo que Luis no había sido informado sobre la desaparición de sus padres: "Le dijimos que estaban presos, después que se habían ido de viaje; todo, menos que estaban desaparecidos, pero nosotros hablamos en casa y el nene escucha"

A partir de estas entrevistas y de haber visto al niño, pensamos que la enuresis diurna y la falta de concentración en sus tareas posiblemente tuvieran relación con la confusión acerca de la información sobre el destino de sus padres.

En las entrevistas siguientes le transmitimos a Ema la conveniencia de informar a Luis la verdad. Para ello convinimos en tener todos los encuentros que fueran necesarios hasta que ella misma se sintiera en condiciones de hacerse responsable de dicha información frente al niño. El lugar del terapeuta sería acompañarla antes, durante y después.

Efectivamente Ema se mostró aliviada, y manifestó estar "contenta de que me oriente cómo hacerlo porque yo no sé hablar claro".

Coincidirían aquí dos factores: las dificultades de Ema en el manejo del lenguaje y las dificultades que implica significar la desaparición.

Recordemos que en la época en que Ema se tuvo que enfrentar a esta situación, el concepto de desaparecido no tenía la significación social que actualmente posee.  Se decía: "Se los llevaron".

Se sucedieron entrevistas entre la abuela y el terapeuta, en las cuales ella misma fue encontrando las palabras que le resultaban apropiadas para darle la información a su nieto.  Cuando encontró la forma de expresión que le convino, y sólo entonces, se decidió.

El encuentro entre Ema, Luis y el terapeuta fue tranquilo. Ema le explicó al niño el secuestro y la desaparición de sus padres Luis exclamó varias veces: “¡Ah!, entonces no están presos ni de viaje, están desaparecidos".

Ema respondió también a las preguntas posteriores del niño y quedaron ambos con la consigna de que Luis preguntaría lo que quisiera saber, cuando quisiera, y Ema respondería siempre en la medida de sus posibilidades.

Luis siguió concurriendo semanalmente a su tratamiento. Luego de obtenida la información, su olvido del control esfinteriano diurno cesó de inmediato.

El mismo decía: "Ahora siempre me acuerdo, dejo de jugar, voy al baño y listo".

Un niño de 9 años responde en forma automática, sus deseos de orinar.  Ante la sensación del esfínter cargado, surge en forma inmediata la necesidad de descarga que produce un alivio instantáneo de la tensión original.

Luis no podía: su energía y su atención se encontraban ocupadas en el duro esfuerzo de esclarecer una situación de confusión por, demás ansiógena como no saber qué fue de sus padres y por qué no estaban con él.  Esta situación lo llevó a una conducta regresiva en el tiempo evolutivo, incompatible ya con lo esperado para su edad, con aplicaciones de dependencia de una persona mayor (en este caso su abuela) que pudiera atenderlo, higienizarlo y cambiarlo como una mamá lo hace con su niño hasta los 2 o 3 años de edad.

Al conocer los hechos ocurridos y comprender su situación familiar Luis reconstituyó aquellos actos para los que evolutivamente ya estaba maduro, pudiendo dejar en libertad la atención necesaria para controlar sus esfínteres.

Pero el nivel de ansiedad de Luis seguía siendo muy intenso. La falta de atención y concentración en sus tareas escolares, esa,"distracción" en clase señalada por su maestra, se manifestaron en el consultorio: Luis no podía finalizar ningún dibujo emprendido, dejaba todo. por la mitad para iniciar otra tarea (un juego o una charla) que a su vez volvía a interrumpirse para volver al dibujo anterior.  A lo largo del proceso terapéutico se fue trabajando el hecho de que en la escuela dejaba sus tareas incompletas igual que lo hacía aquí con sus dibujos y juegos, y que se mostraba tan impaciente y atolondrado por hacer todo a la vez que al final no lograba concluir nada.

En las sesiones sucesivas Luis expresó que se había dado cuenta de que en la escuela era muy atolondrado, y que "¡Esta semana terminé con todo solito!".  Pedía al terapeuta si se podía quedar más tiempo en la sesión para tener la oportunidad de terminar todo lo empezado. Eso se hizo, y su mejoría en la escuela fue notoria. Al finalizar el año la maestra dijo que el niño ya trabajaba bien en clase y que su nivel de dispersión era mínimo.

Luis es aún un niño ansioso, igual que su abuela Ema y que el resto de los miembros de la familia con quienes vive.  Sin embargo esta ansiedad restante se ha reubicado. No invade ya el terreno de las actividades cotidianas del niño. Responde ahora a una modalidad familiar.

 

Juan Pablo tiene 8 años y sus padres están desaparecidos desde que el, niño teñía 3 meses: Vivió desde entonces con su abuela materna (separada de su marido), y en contacto permanente con tíos y primos maternos.  Visita esporádicamente a la familia de su padre.

Elvira, abuela materna de Juan Pablo, consulta por una dificultad personal para llevar a cabo la crianza de su nieto.  Dice:"Me cuesta mucho educarlo"; “No me hace caso, le tengo que decir cien veces las cosas y me hace enojar"; "Tengo otros hijos casados pero me critican y no me ayudan".

A su vez Juan Pablo muestra dificultades para integrarse con niños de su edad, dice "que no lo entienden y que le envidian sus juguetes”

En esta entrevista Elvira manifestó que Juan Pablo estaba enterado de que sus padres no estaban, y de que, no se sabía si algún día volverían, pero no conocía los hechos de la desaparición y secuestro de ambos.

Dijo que ella había pensado que explicarle la verdad de lo sucedido al niño iba a ser mejor para la relación entre ellos pero que hasta ese momento no había podido hacerlo.  En la entrevista siguiente el terapeuta le ofreció su ayuda para la tarea de informar la verdad a Juan Pablo.

Se le propuso entonces que se tomara el tiempo necesario para hacerlo.  Elvira dijo estar dispuesta para hablar con su nieto sin esperar más.  En la entrevista siguiente Elvira explicó a Juan Pablo lo ocurrido con sus padres.  Juan Pablo no hizo preguntas y dijo que se quería ir a jugar. Su abuela se mostró aliviada.

Aunque la cuestión de la información no está incluida manifiestamente en el pedido de consulta de Elvira, surge como demanda durante las entrevistas. Elvira quería informar a Juan Pablo, pero necesitaba la opinión del terapeuta al respecto, alguien que la avalara, como le ocurría con todo lo vinculado a la crianza de Juan Pablo. Sentía que es una gran responsabilidad educar un niño,"no teniendo la juventud que tienen mis hijos para hacerlo".

Esta tarea la cansaba y a veces no sabía cómo proceder con el niño. Se trató, de disminuir esta exigencia de Elvira en el cumplimiento de la función materna. Ella se quejaba constantemente del mundo que la rodeaba diciendo que recibía muy poca ayuda de sus hijos para la crianza de Juan Pablo; no dejaban de criticarla en todo lo que hacía; "Lo dejan de lado al nene, no lo tratan como a sus hijos"; "'La maestra lo trata mal en clase y yo tengo que ir a quejarme".

Pero por otro lado relataba: "Hoy el tío llevó a Juan Pablo al Zoológico"; "El domingo los otros tíos llevaron a Juan Pablo a una quinta con sus hijos a pasar el día, volvió chocho contándome que había comido asado y se había metido en la pileta”; "La directora de la escuela llamó a la maestra para pedirle que sea tolerante con el chico porque no era posible que yo tuviera que quejarme tantas veces por la misma razón".

Se le señaló a Elvira que no tomaba en cuenta estas otras situaciones en las que el medio no era tan hostil como ella lo sentía.

Ella misma se asombró al poder escuchar esta otra parte de su relato repetida como un eco por el terapeuta.

Elvira relata una historia personal difícil (separación conflictiva de su marido, el hacerse cargo sola de una' familia numerosa, serias dificultades económicas). La vida estaba llena de obstáculos.  Pensamos que la desaparición de su hija y su yerno solidificaron su vivencia de un mundo hostil.

Con esta situación se identifica Juan Pablo cuando dibuja un niño con "juguetes valiosísimos" y los demás niños "lo quieren atacar para sacárselos todos porque le tienen envidia".

En el resto de sus dibujos las escenas eran similares: un niño con posesiones extraordinarias que otros niños querían arrebatarle por envidia.  Juan Pablo decía: "El envidiado soy yo porque, mi tío de España me regaló un montón de juguetes que los demás no tienen".

A partir de la reiteración del tema en sus dibujos el terapeuta le señaló si no había pensado que los otros chicos tenían también cosas que él no tenía: un papá y una mamá. Se le mostró también cómo ese hecho le provocaba, tanta bronca y envidia como, decía él que le tenían sus amigos a causa de los juguetes.

Juan Pablo mejoró fundamentalmente la relación, con su abuela, que ya no es tan tensa ni agresiva. Empezó lentamente a tener algunos amiguitos y a estar menos aislado en la escuela.

En los casos que desarrollábamos precedentemente hay un peso importante del tema de la verdad sobre la desaparición de los padres. En un caso, la información opera efectos casi inmediatos; en el otro, abre la posibilidad de un tratamiento.  Comparando nuevamente con la situación, de los padres adoptantes vemos que en general la relación con la información conflictiva (la verdad) es diferente. En los familiares de desaparecidos hay menos compromiso subjetivo con el ocultamiento. Esto se expresa en las modalidades de la demanda; los padres adoptantes dicen: "Tengo que decirle pero no quiero" y los familiares, de hijos de desaparecidos dicen: "Quiero decirle pero no sé cómo".

Esta dificultad para informar sobre la desaparición de los padres aparecía ligada a temores: a provocar daño al niño reviviendo la tragedia, a generar un odio incontrolable que es imposibilitar a la convivencia con otros, a la marginación social de que podrían ser objeto. Pensamos que aparece aquí el mito de la inocencia infantil como posibilidad inconsciente de sostén de una creencia: aquello no ocurrió.

Por otro lado, la ambigüedad de la situación que implica la desaparición hacía necesario en muchos casos que alguien los sostuviera en esa posición de informar lo ocurrido aunque fuera sólo desde un lugar de testigo.

Cada niño vive la situación de desaparición de sus padres de una manera particular, de acuerdo con su historia; no todo lo que le pasa está vinculado a la desaparición aunque ésta tiene un peso muy grande que varía según la edad del niño, las circunstancias en que ocurrió, la información que tuvo sobre el hecho, el lugar familiar en que quedó ubicado y la respuesta de la familia.  Es por esto que pensamos que no existe un síndrome del niño cuyos padres están desaparecidos. No obstante nos interesa mencionar cierta problemática; que hemos encontrado recurrentemente, cuya especificidad es relativa ya que las vicisitudes de los hijos de desaparecidos tienen puntos de encuentro y de ruptura con las pérdidas de los padres bajo otras circunstancias.  Desde un punto de vista fenomenológico hemos encontrado que la mayoría de estos niños sufren temores nocturnos, con la necesidad de dormirse acompañados. Son frecuentes también el temor a la oscuridad, a determinados ruidos, a salir solos, llegando a veces a constituir verdaderas fobias.

Por otro lado la desaparición de los padres produce en los niños alteraciones profundas de la identidad.  La marginación de que han sido objeto durante el período dictatorial y aun después tiende a consolidar en algunos casos una identificación como "hijo de desaparecido" cercenando otras posibilidades identificatorias que puedan entrar en contradicción o sobrepasar ésta.  Es por eso que no consideramos conveniente el agrupamiento de estos niños ya sea en tratamiento o en actividades libres que definan la pertenencia por ser hijo de desaparecidos. Esta situación de marginación se produce también en el seno de las familias donde a la dificultad de crianza de lujos no propios se suma el impacto traumático en todos los miembros de una situación tan difícil de significar, tan compleja de elaborar.

 

Mayo de 1986