LA DESAPARICION: EFECTOS PSICOSOCIALES EN MADRES

 

Licenciada Marta L. Hoste

 

 

“¿Y qué hago si me pregunta qué pasó con el desaparecido?” preguntábamos confusa y angustiosamente al entrar al Equipo de Asistencia de Madres de Plaza de Mayo, y atender a la primera Madre.  Anticipábamos así, en un comienzo ya transferencias, las trampas en que podíamos caer, si no interceptábamos las coordenadas de la realidad sociopolítica, las alteraciones y sufrimientos psicológicos que padecían las Madres y nuestra propia implicación en la misma, en sus justos lugares.

Pero las Madres no preguntan en el consultorio, sino que demandan al poder dictatorial esta respuesta.

Lo que nosotros sí podíamos preguntamos era cómo puede ser representado psíquicamente el desaparecido -No es un muerto- No es alguien presente- Es un ausente-Ausente no por elección-Es un ausente involuntario.

Este hecho precipita a las Madres ante dos situaciones nucleares:

La del sujeto responsable de la desaparición.

La del destino del desaparecido.

Sobre estas dos cuestiones girará la búsqueda de definiciones las persistentes acciones de las Madres, acciones que se proyectaron en dos espacios diferentes, con sus propias legalidades: el espacio sociopolítico y el espacio subjetivo, los que se han fecundado mutuamente.

Esta presencia del ausente desaparecido va a ser encarnada de diferentes modos.  Estos modos presentan una característica fundamental. No son rasgos de los desaparecidos que se evocan en una memoria, sino que se los tratará de concretar, una y mil veces, presentificar, hacerlos vívidos, tangibles, darles cuerpo para hacer la situación transmisible, renovar esas vidas, para darles existencia social (pancartas con las fotos, siluetas, máscaras, etcétera).

¿Cómo se expresó esto en el campo de las representaciones sociales?

La definición del poder dominante fue: Muerto en enfrentamiento Terrorista-Asocial-Delincuente-Anormal.  Es decir que subsumen al desaparecido en la legalidad instituida, usando los códigos de guerra, o penales, o, civiles o psiquiátricos, declarando desaparecido habitual un desaparecido que no es habitual.

Las Madres pugnarán por instituir una nueva legalidad que dé cuenta de la situación.

Su primera resistencia será el no a este enmascaramiento de lo nuevo, de lo indefinible, de lo no habitual.  Dicen entonces: No murieron en guerra-No murieron-No están de viaje-No se fueron-Los hicieron desaparecer ¿Por qué?  Porque deseaban, buscaban, pensaban, apoyaban o participaban en propuestas o proyectos políticos divergentes o enfrentados al del poder dictatorial.  Aquí se abre un campo de disidencia específica.  Se define la responsabilidad, se deslinda quién es el sujeto responsable.  Todo se va condensando en las consignas que van apareciendo a lo largo de estos años, a partir de la primera, que se eleva en 1978, que dice: "Queremos nuestros hijos, que digan dónde están".  Luego, en diciembre de 1980, se dirá: "Que aparezcan con vida los "detenidos-desaparecidos", y más tarde: "Con vida los llevaron, con vida los queremos.  Juicio y castigo a todos los culpables".

A las familias de desaparecidos se las intentó aislar una y mil veces bajo distintos medios.  El Estado como institución dominante prescribe y refuerza las vinculaciones en la institución familiar, pero también, puede proscribirlas.  A estas familias se las sometió a una opción: o se segregan con su desaparecido o reniegan del mismo.

 

¿Qué hacen las Madres?  Definirán un nuevo espacio no sólo en lo simbólico sino también en lo real:

Ocupan un lugar geográfico en la comunidad, la Plaza de Mayo, histórica plaza, lugar de convocatoria del pueblo argentino en las luchas por su protagonismo político y por su liberación.

Marcharán, con las fotos de sus hijos, concretizando sus presencias.

Llevarán el pañuelo-pañal, en una evocación de la unidad madre-hijo primaria.  Este ha adquirido un sentido de símbolo social, pero para las Madres pañuelo y Plaza son también el lugar de encuentro con el hijo.

A través de estas diferentes maneras, desde ese tercer lugar de definición que instituyen, de apropiación de lo geográfico, interpelación al Poder que domina, han constituido una legalidad para la presencia del desaparecido.  Pasan del apropiamiento del lugar comunitario al reconocimiento de la misma comunidad, la que se los expresa en una consigna a partir de la segunda Marcha de la Resistencia: "Madres de la Plaza, el pueblo las abraza".

Sobre esta inscripción social, conquistada por Madres y demás familiares y que como ciudadanos compartimos, podíamos entonces ubicarnos en nuestra posición de psicoterapeutas que saben que la psicoterapia no constituye el único contexto en que un individuo descubre su verdad con respecto a sí mismo y sus relaciones. ¡Y vaya que aquí se ha probado!

Desde aquí, definimos entonces algunos puntos de nuestra tarea específica.

Sabemos que no seremos nosotros los que repararemos el daño producido por un no saber, y que no serán sólo las leyes de elaboración de duelo que conocemos, ante una pérdida de objeto o ideal imposible de recuperar, que podemos esperar nos ayuden a Comprender los psicódinamismos de los familiares.

Los desaparecidos son desaparecidos por el Estado dictatorial. Esta es nuestra certeza. Lo que no conocemos son las, vicisitudes psíquicas que desencadenará esta desgarradora situación. Pero sí sabemos que debemos sostenerla, difícil lugar contratransferencial, pero única forma de no obturar los procesos psíquicos que se desencadenan. Junto a las Madres debemos soportar, entonces, la ambigüedad, las intensas angustias de la incertidumbre, el tormento de no saber. Esto nos preparaba para que pudieran desplegarse los deseos, fantasías y angustias de los familiares en las entrevistas con nosotros.

Aquí entramos en lo que llamé las proyecciones en el campo, subjetivo de una de las cuestiones nucleares: el destino del desaparecido.

Se van presentando múltiples situaciones personales y familiares, en relación con proyectos de vida y con las propias identidades, los que sólo han podido ser abordados con posibilidad de cierta resolución en la medida en que tratamos de no cancelar esta situación y respetamos las derivaciones que iban produciendo.

Recortando este aspecto trataré de describir algunas situaciones recurrentes que se han ido desplegando en la clínica y que serían los intentos de elaborar intrapsíquicamente lo que podríamos llamar el tormento de no saber, sobre el destino del desaparecido:

Fantasías que producían altos niveles de angustia, acerca de los tormentos literales que podían haber sufrido en sus cuerpos y mentes los desaparecidos.  Dicen las Madres: "¿Habrá resistido la tortura?  El era débil para el dolor físico "Si lo torturaron, cómo habrá quedado? ¿Mutilado? ¿Loco?" "¿No habrá escapado y andará por allí sin saber?", "A veces no, preferiría qué esté muerto, antes que siga sufriendo".

Imágenes fantaseadas, que tienen su correlato con la realidad, a la que se ha ido accediendo a través de las denuncias y testimonios de detenidos liberados. Desde lo psicológico remiten a las angustias más primarias de despedazamiento, lo qué creaba un campo propicio para la  instalación de la enfermedad somática y la muerte.  Esta situación se ha dado en numerosos familiares, tal vez en especial, en padres, tema que estamos investigando.

También producían deseos de liberación de los sufrimientos para sus hijos, que de no mediar una clara concepción política de la situación, podían aprisionar a las Madres sin poder discriminarse de la inducción que al darlos por muertos les hacía la dictadura.  Encrucijada que se definió en la consigna "Con vida los llevaron, con vida los queremos”, y que en lo subjetivo permitió a cada Madre no quedar sumida en un mundo de hostilidad y desesperación.  No olvidemos que en nuestra cultura está prescripto que las madres son las responsables del cuidado y la integridad física de sus hijos.

Un objetivo primordial ha sido trabajar las identificaciones sobre el propio cuerpo, tomando en cuenta también la estructura psíquica previa, que podía ofrecer resistencias a nuevas derivaciones.  Se trataba de lograr que nuevos objetos fueran investidos libidinalmente.  Un nuevo objeto privilegiado ha sido para las Madres el propio grupo de lucha y de denuncia que constituyeron, cuya proyección social, ya he señalado, pero que aquí toma dimensión en lo subjetivo.  Este les ha permitido resignificar los, vínculos grupales, más allá de los familiares, descubrir nuevas formas de acción solidaria, que les han permitido identificarse como sujetos sociales activos. Otra relación de objeto ha sido la lucha emprendida por obtener la verdad y la justicia.

El sistema del Ideal del Yo se ha transformado, ser madre ahora es "Luchar por todos los hijos" o "Luchar por la vida".

Otra de las modalidades en que se presenta intrapsíquicamente el desaparecido: "Hoy, cuando caminaba en la marcha, lo veía a J, fue increíble, tuve que volver para convencerme de que no estaba", dicen algunas Madres.  "Me pareció ver a mi hijo, sólo que más delgado...... Iba caminando por la vereda, me pareció verla, parecía loca, pero, era igualita, cuando me acerque se había perdido. Un amigo de casa nos dijo que la vio a E., acompañada de un señor que tenía aspecto de militar....todo es raro, no encuentro nada." "Nosotros no nos podemos mudar, Pues- a lo mejor..., si viene y no nos encuentra..." Estas situaciones van acompañadas tanto cuando se vivencian como cuando se comunican de angustia.  Proyecciones de la imagen del objeto perdido sobre un soporte.  Ilusiones típicas en la elaboración de un duelo.  Pero aquí tienen una persistencia e intensidad que remiten a la inscripción originaria del fenómeno: la realidad ha sido denegada.  Los militares inducen al olvido social.  Quieren despojar de su significación la pérdida de estos hijos.

Ante una muerte normal se resguarda al ser querido en rasgos identificatorios, pero aquí estamos ante una pérdida que en lo subjetivo no puede alcanzar firme certeza, por lo tanto nada puede olvidarse.  Además a través de la ilusión se presentifica una vez más al desaparecido.

Una madre, reflexiona así: "Si se hubiera muerto mi hijo en un accidente, o de una enfermedad, lo comprendería pero así, es algo que no se puede, siempre algo me hace que espere".

Es decir que, aunque se llegue a cierta certeza subjetiva de la muerte del hijo, siempre aparece la duda, y el dolor será continuamente redoblado.

El movimiento psíquico que ha sido expresado con estas palabras muchas veces derivará en ciertos actos (tales como no cambiar sus cuartos o seguir cuidando sus ropas casi como si estuvieran allí) que no producen angustia.

Nuevamente, aquí no podemos analizar este fenómeno como una defensa psíquica al servicio sólo de la persistencia del deseo, en la medida que el criterio de realidad está denegado: “pero así, es algo que no se puede".

Todas éstas, y hay muchas más, han sido manifestaciones psíquicas que con alternancias hemos  observado durante estos últimos años.  Si no tomáramos en cuenta el fenómeno que las determina, bien podríamos ubicar estas situaciones como la patología de un duelo.  Pero lo que pensamos es que éstas han sido las maneras posibles de nombrar lo que es innombrable, de repetir una y mil veces la situación traumática a que han sido sometidas las Madres.

El accionar del terrorismo de Estado y la impunidad en que estos hechos permanecen, siguen alterado un aspecto fundamental para el funcionamiento psíquico, que es el reconocimiento y la responsabilidad del hecho social producido.  Por lo tanto, los signos que permitan comprender y dar sentido en términos psíquicos, no terminarán de configurarse hasta que no se sepa, como dicen las Madres, "qué pasó con cada uno de nuestros hijos" y se "enjuicie y castigue hasta el último culpable".