CASO MARISA: UN ABORDAJE TERAPEUTICO FAMILIAR

Licenciada Raquel C. Bozzolo

Doctor Darío M. Lagos

 

La consulta se realizó en marzo de 1984 en la Casa de las Madres con un matrimonio preocupado por la situación de su hija, Marisa, de 29 años.

La jefa de un servicio de Psicopatología, a quien, habían consultado, consideró pertinente su derivación al equipo debido a nuestra experiencia en el abordaje de estas situaciones traumáticas.

 

A) Sintomatología: La familia de Marisa está compuesta por el padre, de 50 años, Pedro, tejedor; la madre, de 48 años, Pilar, dé igual oficio; el hermano, Miguel, de 18 años, estudiante secundario.  Los padres trabajan en su domicilio.

Marisa no mantiene diálogos en el seno, de la familia, lleva una vida rutinaria, "como autómata con los horario”, según Pilar.  Tiene un trabajo de nueve horas en una farmacia donde es la encargada de ordenar medicamentos.

Marisa fue secuestrada del 10 al 17 de agosto de 1977.  Durante las primeras entrevistas con la pareja de padres, se produce un malentendido: el terapeuta que hace la admisión entiende que Marisa había estado desaparecida durante tres meses, sin embargo, al poco tiempo queda claro que Marisa había estado secuestrada por espacio de siete días.  Al revisar el material clínico de la primera entrevista se comprobó que los padres habían dado la información adecuada, y cuando intentamos comprender qué había pasado contratransferencialmente para que existiera ese error, nos enteramos de que durante ese período de tres meses a pesar de que Marisa había querido hablar en su casa de lo que había ocurrido, los padres callaron, imponiendo así el silencio sobre la situación.

En el momento del secuestro, Pedro pidió a quienes dirigían el operativo que le permitieran acompañar a su hija.  Lo logró y luego fue abandonado en una ruta de acceso a la ciudad.

Al ser liberada Marisa siete días después, el padre fue a buscarla a una comisaría del suburbano de Buenos Aires.  Salió en libertad con la amenaza de recibir un tiro en la cabeza si contaba algo de lo ocurrido.  Estaba amarillenta, temblaba, contó que dormía en el suelo, con la cabeza sobre una piedra y que escuchaba llorar a chicos y oía gritos de gente grande; que pedía remedios.  Al ver su padre le dijo: "No te asustés, papá, estoy bien".

Pedro, que había hecho la denuncia policial del secuestro, ante la aparición y la amenaza de muerte a Marisa, no sigue el trámite judicial.  La casa fue vigilada durante un período.

"Al menos la tenemos viva", dice Pilar, eludiendo todo comentario sobre lo sucedido en el seno de la familia.

Durante los primeros meses Marisa hace una vida aparentemente normal: acompaña a la familia en todas las actividades, charla con ellos y con vecinos.  Sobre fin de año intenta ingresar en la carrera de kinesiología, donde se siente vigilada y seguida.  "La facultad no es la misma, está llena de milicos."

 

Nos preguntamos si ésa fue una vivencia paranoica.  Al conocer hoy cabalmente lo que ocurrió en esos años de terror, podemos pensar que su percepción de la realidad no era tan inadecuada.

Para ese tiempo los padres deciden mudarse de casa. Marisa había trabajado desde los 18 años y estudiaba computación, "era una Hija modelo", dice Pilar.

Los padres fueron notando que en la mesa se reía en forma automática, no hablaba, no esperaba entre plato y, plato, se levantaba, y el postre lo comía sola en su pieza. Esta situación se fue, agravando hasta llegar al punto de no levantarse de la cama en todo el día.

Pasaron algunos meses de postración.  Ante el fracaso de un intento de terapia en su domicilio y por presión familiar, realizan una internación compulsiva en una clínica psiquiátrica, durante quince días.  Es medicada con Halopidol en gotas, medicación que continúa una vez externada.  Sin saber que se la están suministrando, Marisa dice sentirse mejor.

Al volver a su casa empieza a comer con la familia pero no establece comunicación verbal.  Comienza a tejerse así una comunicación preverbal, donde la madre, interpreta sus acciones y actúa en consecuencia.

A través de un cliente de los padres, aproximadamente al año del secuestro entra a trabajar en el actual empleo.  Al momento de la consulta han pasado seis años. Desde entonces no se observaron modificaciones en la conducta.

Los padres relatan: que con su sueldo Marisa compra ropa y elementos hogareños "todo un ajuar", que guarda cuidadosamente sin usar.

En un intento por romper este cerco de silencio, los padres se comunican con una ex compañera del primario y del colegio secundario, íntima amiga de Marisa de su provincia natal, que viaja a visitarla.  Está dos días en la casa de Marisa y después de un primer encuentro muy dialogado y a solas, ésta se cierra nuevamente.

Lo mismo sucede con una tía que viene del extranjero.

Hace poco tiempo, la madre visita el negocio donde Marisa compra su ropa para enterarse de su comportamiento, y se sorprende al enterarse de que mantiene largos diálogos con la vendedora, toma café y fuma cigarrillos.

 

B) Abordaje clínico: Ante la situación planteada por los padres, el terapeuta visita a Marisa en su domicilio, intenta un diálogo, le explica los motivos de su presencia en la casa, inquiere sobre lo que ella piensa, y recibe como única respuesta "no quiero hablar".  Posteriormente acuerda con los padres llamarla por teléfono; cuando lo hace atiende la madre que en lugar de dar el nombre del terapeuta dice: “te llaman del trabajo”. Marisa acude al teléfono, y al enterarse de quién es, dice: "No voy a hablar" y cuelga.

  El equipo discute el caso y decide que se tome en psicoterapia a la familia de Marisa. Ante la   negativa de Marisa de concurrir a  las entrevistas y la imposibilidad horaria de Miguel, se inicia el tratamiento con la pareja parental. La periodicidad planteada es de una vez por semana en nuestro lugar de asistencia institucional: la Casa de las Madres de Plaza de Mayo.  Este tratamiento se mantuvo a lo largo de trece meses e incluyó cuatro visitas al domicilio, de las cuales fue informada Marisa y en las que no participó; sí lo hizo Miguel, su hermano. .

Luego de cada entrevista, los coterapeutas intercambiábamos opiniones sobre el curso de las mismas. Periódicamente discutíamos el proceso terapéutico en el equipo.  Hubo un primer momento en que la estrategia estuvo destinada a producir una ruptura de los pactos de silencio.  Dichos pactos habían permanecido vigentes en los intentos terapéuticos anteriores ya que Pilar y Pedro no mencionaron la militancia de Marisa.  La no neutralidad nuestra, el “ser confiables”, en vez de crear zonas de complicidad silenciadas, permitió producir una fractura en estos pactos de silencio.

A partir de este hecho, en la relación terapéutica afloró el miedo.

Pedro y Pilar manifiestan que el miedo comenzó al tomar conocimiento de la actividad política de Marisa. Ambos habían tenido una actitud de oposición activa a la misma, y con el miedo y el silencio posteriores trataban de negarla.

Fuimos detectando que la familia funcionaba sobre la base de un modelo narcisista apoyado en el vínculo, simbiótico madre-hija.  El padre ocupaba un lugar subsidiario respecto de Pilar y al mismo tiempo poseía una actitud protectora y afectuosa hacia ella, actitud que extendía a sus hijos.

En relación con las expectativas parentales, Marisa había ocupado siempre el lugar del ideal: "era una hija modelo". Su hermano, en cambio, era situado en una posición más desvalorizada.

Fuimos detectando el monto de la herida narcisista infligida a los padres por el hecho de que Marisa ya no era la hija modelo.  Esta herida parecía abierta a partir de la enfermedad de Marisa luego, quedó claro que para Pilar se produjo a partir del comienzo de su militancia, en tanto ésta, además del miedo que los riesgos provocaban, implicaba una decisión autónoma de Marisa en abierto desafío a los mandatos Maternos.

Pedro, inmigrante italiano, proveniente de una familia con convicciones antifascistas, y con sentimientos de simpatía hacia el socialismo, parece haber funcionado como modelo de identificación opcional al propuesto por la madre.

En relación con el efecto que producían sus decisiones autónomas, queremos comentar también que la única vez que Marisa -a los 18 años- se atrevió a llevar un novio a la casa, obtuvo como respuesta de su madre comentarios descalificadores hacia el muchacho.  Por parte de su padre parece haber habido una actitud represiva de aquellas conductas que la alejaran de la pareja ilusoria con él.  A partir de ese momento no llevó más al novio a su casa y es incierto para nosotros si continuó la relación.

Como se puede observar, desde el punto de vista de las ideas y de la represión concreta fue y es distinta la actitud de Pedro de la de Pilar, así como también el monto de herida narcisista. Pedro decía: "Hacé lo que, quieras, pero cuidate".  Pilar se asustaba, la amenazaba, decía: "Ponés en peligro a toda la familia".

En determinado momento del proceso terapéutico pudieron hablar de los miedos, pero aún -era negada la hostilidad que el silencio de Marisa les ocasionaba.

El pequeño grupo familiar a partir del secuestro había ido perdiendo las relaciones con el resto de la familia. No recibían visitas, no realizaban viajes a su provincia, como era lo acostumbrado, y al momento de la consulta tenían un viaje al exterior.  Nada se hacía a causa de Marisa.

Trabajamos tratando de poner en evidencia la hostilidad y sus motivaciones, de bajar el nivel de expectativas y de generar la posibilidad del intercambio verbal de los problemas.

Así el centro., de la preocupación dejó de ser Marisa, y aparecieron las contradicciones en el trato cotidiano de Pedro y Pilar, y las diferentes opiniones y sentimientos que ambos tenían con relación a Marisa.

Pudimos ir comprendiendo la actitud de Marisa como la forma de “resistir” el avasallamiento sufrido durante el secuestro.  Marisa re significó esta experiencia a partir de la modalidad intrusiva con que había sido criada.

La distensión del clima opresivo, producto de haber disminuido las exigencias narcisistas para con Marisa, permitió que aparecieran reclamos de Miguel, que no habían sido escuchados anteriormente y que fueron registrados.

Pedro pudo ver sus propias actitudes de sometimiento a Pilar y comenzó a ejercer una actitud Interdictora en el vínculo madre-hija.  Esto trajo aparejado el inicio del intercambio verbal a través de frases cortas padre-hija, que Pedro fue valorando.  Así se pudieron generar condiciones de afecto que a su vez estimularon el intercambio verbal.

Pilar y Pedro retomaron sus viajes al interior y en estas ausencias aparecieron las contradicciones entre los hermanos expresadas en peleas.  Estas fueron relatadas, por Miguel y trabajadas en las reuniones familiares.

Resultaron muy esclarecedoras ya que lo que originalmente fueron disputas entre los hermanos sobre la comida culminaron en un reproche de Marisa -según cuenta Miguel- culpando a sus padres de excesivos controles y, descuidos de sus necesidades, opinión ésta que Miguel comparte.

Marisa llegó a responsabilizar a sus padres por su secuestro.  Tenemos dudas acerca de la cualidad delirante de estas acusaciones.

Asimismo, desconocemos hasta ahora la significación que Marisa otorga a la compra de su "ajuar".

Un hecho importante fue que Marisa compró un lavarropas que instaló al lado del de su madre.  Produjo un shock a sus padres el diálogo fluido que mantuvo con el instalador del artefacto, ya que era la primera vez que hablaba con claridad y expresividad delante de ellos.

Asimismo comenzó a intercambiar frases con la madre. Empezó a pedir ayuda concreta al padre, ofreció colaborar en los gastos de la casa con un porcentaje de su sueldo, comenzó a ahorrar dinero, y fue también asesorada por su padre sobre cómo hacerlo, verbalizó asimismo su intención de irse a vivir sola.

 

 

Conclusiones

 

Los padres de Marisa consultan porque tienen una hija desaparecida, doblemente desaparecida, ya que, además del breve período de secuestro real, la joven ha perdido su lugar en la familia.

Esta funciona como si aún tuviera un miembro desaparecido, a tal punto que ello determina el tipo de derivación que se efectúa, al Equipo de Asistencia Psicológica que trabaja en la Casa de las Madres de Plaza de Mayo, así como el malentendido inicial en cuanto al tiempo de duración del secuestro de Marisa.

Esta familia se hizo cargo de los modelos inducidos por el terror dictatorial y reprodujo, a través del silencio y la internación compulsiva, la situación traumática vivida por Marisa.

Esto se superpuso con la estructura familiar previa, que sancionaba, en cierto grado, la discriminación y autonomía de sus miembros y se hacía cargo, de la penalización social de la sexualidad y de la militancia de Marisa.

El impacto contratransferencial inicial despierta en los terapeutas el deseo de encontrar a esta "desaparecida", trabajando con la familia como un instrumento, es decir, el abordaje familiar sería sólo un modo indirecto de abordar a Marisa, paciente que no era tal, pues nunca aceptó tratarse.

El reconocimiento de este deseo contratransferencial permitió salir de la tentación de, localizar en el problema de Marisa y abordar el conjunto de la problemática familiar como tal.  Así la indicación de tratamiento familiar está dada entonces no sólo por, la modalidad de la demanda: pareja de padres que consultan por una hija, sino también por las posibilidades de cierta estructura familiar.  Creemos que,  así como Pilar y Pedro se hicieron cargo de las inducciones represoras y encubridoras que se daban a nivel de toda la comunidad, también pudieron aceptar un tratamiento que les replanteó su modalidad vincular y les permitió en parte revertir la situación.

Es de destacar que el momento de la consulta así como el posterior desarrollo y evolución del proceso terapéutico, coinciden con la instalación del gobierno constitucional y la aparición en los medios de comunicación social de los dolorosos episodios ocurridos.

Aunque Marisa no participa de las entrevistas, creemos que es sensible a los cambios producidos en el ámbito familiar y es posible que la continuidad del proceso terapéutico haga lugar a que pueda articular su propia demanda psicoterapéutica.

 

Octubre de 1985